COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
2. MARX Y ENGELS, AUTOGESTIÓN Y RAICES COLECTIVAS.
Hemos hecho antes referencia a las reivindicaciones radicales, marxistas y anarquistas, dentro del cooperativismo en esta época. No podemos hacer siquiera una muy breve reseña a ambos movimientos por lo que nos remitimos a dos textos de Marx como el "Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores", o sus palabras en el "Primer Congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores", de 1866, cuando recomienda a los trabajadores que creen cooperativas de producción antes que de consumo pues mientras que las primeras, las de producción, afectan a la base del capitalismo, las de consumo sólo a su superficie.
La fuerza del argumento de Marx sobre las cooperativas de producción radica en que ayudan a minar, siempre que vayan dentro de una programa general de transformación revolucionaria, la lógica del capitalismo, su proceso de explotación y de extracción de plusvalor como requisitos previos insalvables para el mantenimiento de la producción misma, mientras que el cooperativismo de consumo sólo afecta al reparto, a la esfera de la circulación, y sólo puede mitigar parcialmente la injusticia pero no combatir la explotación en su misma raíz. Este argumento es central y estratégico en toda la concepción marxista del cooperativismo, y a la vez es este argumento el que demuestra el encuadre del cooperativismo dentro del proceso global que va desde el apoyo mutuo precapitalista a la autogestión socialista como paso previo al modo de producción comunista.
Pensamos que en el denominado "último Marx", que muchos investigadores fechan a partir de 1863, existen dos líneas de investigación dialécticamente unidas en el meollo de la autogestión colectiva como sistema básico de entender, en contra de la cosmovisión burguesa, la evolución humana. Ahora bien, y esto es fundamental reseñarlo, es en "todo Marx" y no sólo en el "último", en donde se aprecia una innegable y permanente insistencia en la capacidad y en la necesidad del Trabajo para organizarse contra el Capital. Este mensaje recorre toda la obra entera de Marx y Engels, aunque no utilizaran la palabra "autogestión". Dando esto por cierto, sí hay que insistir en que a partir de esa fecha, sin embargo, esta insistencia se enriquece, se profundiza y amplia. Desde esta visión dialéctica de la continuidad esencial en la obra de ambos revolucionarios, podemos introducir los enriquecimientos que se producen en y mediante las dos líneas nombradas.
Vamos a desarrollar la primera línea recuriendo a tres ejemplos del pensamiento de Marx y Engels. Uno consiste en la mayor insistencia en la importancia crucial de las luchas sociales en la evolución socioeconómica del capitalismo, visto este no como la simple suma de empresarios individuales sino como un sistema de relaciones sociales que se valoriza a sí mismo mediante la subsunción real del Trabajo en y mediante su explotación. Una muestra aplastante de esta dialéctica de la totalidad la tenemos en el cuaderno de notas preparatorias del "Sexto capítulo (inédito)" escrito entre junio de 1863 y diciembre de 1866. Esta obra no fue conocida hasta su publicación rusa en 1933 en edición limitada que fue además rápidamente retirada de la circulación. Las razones de su ocultación son obvias nada más leer el cuaderno y nos remiten a su imposible entronque teórico-político con el creciente proceso de dogmatización mecanicista que para entonces se implantaba en la URSS. Se tendrá que esperar a 1959, varios años después de la muerte de Stalin, para que Alemania Oriental reedite el cuaderno. Aún así, no será hasta comienzos de los setenta cuando, al amparo del desprestigio de la URSS y bajo la fuerza de las nuevas izquierdas, empiece a ser debatido en círculos dramáticamente reducidos. No podemos extendernos ahora ni en cómo fue la censura stalinista de las obras de Marx, y de otros muchos marxistas, ni en sus efectos demoledores, en especial sobre el tema que tratamos aquí.
En este sentido, en el texto que ahora usamos, Marx insiste una y otra vez en el contenido de "antagonismo" entre el Capital y el Trabajo, y al final, cuando ya tiene preparados apuntes con ejemplos concretos para seguir desarrollado el capítulo, no hace sino recurrir a la experiencia práctica de luchas y de autoorganización del Trabajo, ya sea mendicante los Sindicatos, o mediante las revueltas y la violencia revolucionaria de los campesinos alemanes a finales del siglo XVIII, o ya sea mediante la ocupación de casas por los mineros ingleses en noviembre de 1863 durante las luchas de Durnham. De este modo, el cuaderno nos enseña cómo trabajaba Marx en su laboratorio mental y cómo sustentaba siempre su abstracción teórica sobre una muy concreta lucha material de clases. Así podemos comprender plenamente el contenido real de esta larga pero fundamental cita:
"En este proceso, los caracteres sociales del trabajo aparecen, ante los obreros, como si estuvieran capitalizados frente a ellos: en la maquinaria, por ejemplo, los productos visibles del trabajo aparecen como dominadores del trabajo. Naturalmente, sucede lo mismo con las fuerzas de la naturaleza y de la ciencia (ese producto del desarrollo histórico general en su quintaesencia abstracta), las cuales hacen frente, al obrero, como potencias del capital, desligándose efectivamente de la habilidad y del saber del obrero individual. Aunque sean, en su origen, producto del trabajo, aparecen como incorporadas al capital, apenas el obrero entra en el proceso de trabajo. El capitalista que emplea una máquina no tiene necesidad de comprenderla; sin embargo, la ciencia realizada en la máquina, aparece como capital frente a los obreros. De hecho, todas esas aplicaciones --fundadas sobre el trabajo asociado-- de la ciencia, de las fuerzas de la naturaleza y de los productos del trabajo en serie, aparecen únicamente como medios de explotación del trabajo y de la apropiación de plustrabajo, y, por tanto, como fuerzas, en sí, que pertenecen al capital. Naturalmente, el capital utiliza todos esos medios con el único fin de explotar trabajo, pero, para hacerlo, debe aplicarlos a la producción. Así, el desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo y las condiciones de ese desarrollo aparecen como obra del capital, y el obrero se encuentra, frente a todo ello, en una relación no sólo pasiva, sino antagónica".
Marx insiste reiteradamente en que el obrero se encuentra ante el capital como un creyente ante la religión, con el mundo real invertido e irreal, como un calcetín vuelto sobre sí, como los pies puestos sobre la cabeza. Esta insistencia marxiana en la alienación, ya presente en las primeras obras de Marx, es reiterada en este cuaderno. Pues bien, pensamos nosotros que esta insistencia no es casual sino plenamente coherente con la tesis estratégica marxista de que sólo mediante la "expropiación de los expropiadores" se culmina el proceso de desalienación humana. Y la "expropiación de los expropiadores", o sea, la superación histórica de la propiedad privada de los medios de producción y de todas sus consecuencias, desde la mercantilización hasta el dinero, culmina a su vez el proceso revolucionario que asciende desde las cooperativas obreras y populares hasta el comunismo, pasando por el control obrero, la ocupación de fábricas, los consejos y soviets, la autogestión social generalizada, etc. Desde esta perspectiva, se comprende mejor la dialéctica de factores económicos, sociales, políticos, culturales, filosóficos y ético-morales que define el proyecto marxista.
Claudio Napoleoni también ha resaltado correctamente este crucial factor en su obra "Lecciones sobre el capítulo sexto (inédito) de Marx", relacionando la alienación con la incapacidad de tomar conciencia de la explotación que se sufre. Según Napoleoni: "Este es, como ustedes saben, un motivo constante en el pensanmiento de Marx: cómo en la religión los hombres son dominados por sus productos mentales, por qué se consideran criaturas de aquello que ellos mismso han creado en su imaginación; igualmente en la producción mercantil capitalistya los hombres son dominados por sus productos materiales, las mercancías, porque, de hecho, sbn dominados por las cosas que surgen del proceso productivo en que su trabajo se explica. Así pues, así como en la religión el objeto, la divinidad, es puesto como sujeto y los sujetos que la han producido se piensan como objetos suyos, así en la producción capitalista el objeto, la mercancía, el capital, es puesto realmente como sujeto al cual los productores están sometidos como objetos suyos". Esta inversión de los efectos por la causa es, junto a otras razones, uno de los motivos por los que el capitalismo logra invisibilizar la explotación del trabajo. La importancia de la praxis revolucionaria deriva de que sólo ella puede derribar el velo que oculta la explotación.
Otro, el segundo ejemplo, nos lo ofrece Engels en su carta a Piotr Lavrov del 12-17 de noviembre de 1875, arriba citada, en la que Engels muestra la lógica interna de la prodcción materiala partir de un determinado proceso de desarrollo con la producción de placeres, cómo la clase dominante monopoliza la producción y disfrute de placeres, y como la clase trabajadora ha de arrebatarle ese monopolio si quiere avanzar en su emancipación y en una vida mejor. Esta cita engelsiana, que expresar diretcamente el componente epicureo de su concepción vital y también de la de Marx, es imprescindible para entender cómo en el marxismo la emancipación humana es inseparable de la mejora cualitativa de las condiciones de vida. Lenin y otros muchos marxistas sostenían este mismo criterio, que se confirma al observar cómo las luchas obreras y populares se caracterizan por una explosión de creatividad y de hundimiento de los sistemas coercitivos y represores de la felicidad y de los placeres humanos. Cuando Engels sostiene que los trabajadores han de arrebatar la dirección de la producción y el reparto de los bienes a la burguesía, no está sino abogando por "la expropiación de los expropiadores", como antes veíamos. Pero ahora desde una concepción más radical y contundente en la valoracioón antropológica del ser humano que se distancia del resto de especies animales precisamente en y por la producción consciente y asociada de los placeres como "medios de desarrollo". Desde esta perspectiva, adquiere un contenido aún más humano el proceso entero que va de la cooperación y del cooperativismo obrero a la autogestión socialista.
Nueve años mas tarde, en la carta a Bebel del 11 de diciembre de 1884, Engels sostiene que: "Las tierras del Estado son cedidas en su mayoría a grandes agricultores; la parte más pequeña de ellas es vendida a los campesinos, cuyas propiedades son tan pequeñas que los nuevos campesinos se ven obligados a trabajar en los establecimientos agrícolas como jornaleros. Debiera reclamarse que las grandes heredades que todavía no han sido divididas, sean arrendadas a sociedades cooperativas de trabajadores agrícolas para su cultivo en común. (...) Ésta, y sólo ésta, es la vía para atraer a los trabajadores agrícolas: este es el mejor método de llamar su atención de que en el futuro deberan cultivar, en beneficio de la comunidad, los grandes establecimientos de nuestros actuales graciosos caballeros". Conviene recordar que en esta época y en este texto, Engels no está planteando medidas para la toma inmediata del poder del Estado en pleno proceso revolucionario, sino solamente una serie de medidas concienciadoras en la práctica tendentes a aumentar la fuerza del movimiento, medidas orientadas a atraerse al campesinado y la pequeña burguesía. Engels es muy consciende de que hay que mantener dos mensajes en dialéctica mutua, uno el teórico-estratégico, con el que se explican y propagan los principios estratégicos, como en la cita precendete, y otro, el teórico-táctico, con el que se demuestra en la práctica inmediata la validez del anterior. Ambos son esencialmente políticos.
Por último, el tercer ejemplo, es la apenas conocida "Encuesta Obrera" publicada en "Revue Socialiste" el 20 de abril de 1880 con una tirada de 25.000 ejemplares. En la pregunta número 69 sobre "Cuáles son los precios de artículos de primera necesidad como:..." Marx enumera seis apartados, y en el d) plantea: "Gastos diversos: correos, intereses de los préstamos, escuela de los hijos o gastos de aprendizaje de un oficio, diarios y libros, cuotas de las sociedades recreativas o contribuciones para las huelgas, para las cooperativas y las sociedades de defensa". Y en la pregunta 98: "¿Hay sociedades cooperativas en vuestro ramo?,¿ Cómo están dirigidas? ¿Utilizan trabajadores de fuera, al igual que los capitalistas?". Hay dos preguntas, la 95 sobre la "sociedad mutua" para los accidentes, enfermedades y muertes; y la 99, sobre el sistema de "reparto de beneficios" que no citamos porque carecemos de espacio para analizar sus conexiones prácticas con el cooperativismo.
Como vemos, para Marx el cooperativismo puede servir para todo, desde ser una "primera necesidad" equiparable a las "sociedades recreativas", cajas de resistencia huelguística y "sociedades de defensa", hasta ser un sistema empresarial camuflado que utiliza "trabajadores de fuera, al igual que los capitalistas". En la "primera necesidad" Marx introduce no sólo el permanente esfuerzo de la clase obrera para mantener o aumentar el valor de su fuerza de trabajo mediante el estudio y el aprendizaje, etc., pudiendo presionar así para aumentar su salario directo e indirecto; también introduce gastos relacionados, primero, con su formación humana, cultural y sociopolítica, y segundo, con su práctica de lucha de clases en el sentido fuerte, directo. Esta concepción abre perspectivas políticas contundentes porque relacionan directamente todos los sistemas de centralidad y lucha proletaria con el cooperativismo obrero mediante un concepto teórico clave en el materialismo histórico como es el de "primera necesidad".
Estamos aquí en el núcleo del marxismo porque ha aparecido ya la cuestión de la explotación de la fuerza de trabajo social dirigida hacia la producción de plusvalor. Y cuando en una pregunta siguiente inquiere sobre si hay cooperativas que utilizan trabajadores de fuera, amplía ese núcleo al plantear el problema de la explotación interna en la cooperativa, explotación de trabajadores no cooperativistas. Unas, las primeras, son cooperativas obreras inmersas en la lucha de clases y otras, las segundas, son cooperativas burguesas que explotan a trabajadores asalariados no cooperativistas en beneficio de los miembros cooperativistas. Existe, por tanto, una contradicción interna que siempre ha de ser tenida en cuenta. Ahora bien, no por ello Marx desprecia las cooperativas. Al contrario. Dentro de su concepción dialéctica de las contradicciones, Marx es muy consciente de los aspectos positivos del cooperativismo tal cual él lo entiende en el proceso de superación de la sociedad capitalistas.
Para abreviar y cono sintesis del pensamiento de Marx y Engels al respecto, hemos preferido recurrir a dos autores. Uno es Jacques Texier en su texto "Democracia, socialismo, autogestión", que resume así las ideas de ambos amigos:
"Hay que afirmar que, a pesar de todas las reservas o añadidos necesarios, Marx hace en definitiva un juicio muy positivo sobre las fábricas cooperativas. El razonamiento se articula en la caracterización de las sociedades por acciones desde un doble punto de vista: De una parte, tiene la particularidad de que el capital no es privado sino "social": es una socialización que opera en el marco del sistema capitalista sin abolirlo; es pues una socialización contradictoria, pero que prepara directamente la socialización auténtica del modo de producción de los productores asociados. Y esto tanto más cuanto estas sociedades por acciones son también caracterizadas por la desunión de la propiedad y de las funciones de dirección".
Otro, algo más largo, es Louis Gill, que en su obra "Fundamentos y limites del capitalismo" sostiene que:
"La acción comprendida en el terreno económico por los productores asociados en el seno de las cooperativas solamente podrá see un éxito si se prolonga en una acción política de los trabajadores por su cuenta, cuyo objetivo sea la conquista del poder político. Sin realizar las condicioes de trabajo cooperativas a escala de toda la sociedad, las sociedades cooperativas aisladas son condenadas a "degenerar en vulgares sociedades anónimas burguesas (societes par actions)". En estas condiciones, "el gran deber de la clase obrera es conquistar el poder políticos". Sin emprender en el terreno político la lucha común por su emancipación, la sanción será "el fracaso común de sus intentos incoherentes". En resumen, Marx –y Engels-- pone en evidencia el aspecto fundamentalmente positivo del movimiento espontáneo de trabajadores que les conduce a asociarse sobre la base de sus propios intereses como trabajadores, en la realización de condiciones donde demuestran su aptitud para organizar ellos mismos la producción y su voluntad de administrarla solos, de asumir la propiedad, en una palabra, de liberarse de su subordinación al capital. Por otra parte, indica los límites y las consecuencias de una acción tal cual persiste confinada y aislada en el estrecho marco de cada empresa individual, cuando no sale del campo económico para prolongarse en una acción común y autónoma de los trabajadores en el terreno político".
Ahora bien, para comprender en su pleno significado esta tesis hay que encuadrarla dentro de una concepción más amplia y profunda de lo que es la capacidad humana de autogestionar su propia vida, dentro de una colectividad de praxis, y siempre tendiendo --con los riesgos que ello supone-- hacia una forma de viuda en la que la producción de placer y la obtención de tiempo libre supere a la necesidad del trabajo forzoso, del tiempo no libre y de una vida cargada de penalidades. Y aquí tenemos que recordar lo anteriormente defendido por Engels.
2.1. IDENTIDAD, COMUNA Y AUTOGESTIÓN
La segunda línea que reseñamos por su conexión inmediata con las prácticas cooperativistas y, en general, de ayuda mutua, es la profundidad e insistencia con la que Marx amplía y explica su concepción materialista de la historia no sólo a raíz de los estudios de Rusia en concreto y de las sociedades y pueblos precapitalistas no occidentales, sobre etnología en suma, sino también por la necesidad de aclarar y facilitar la comprensión de su teoría e impedir sus tergiversaciones y manipulaciones interesadas. Ambas preocupaciones se harían más urgentes tras su muerte, siendo una constante en los últimos escritos de Engels.
Aunque estos dos fines van estrechamente unidos y tienen repercusiones sobre la totalidad del marxismo, muy especialmente sobre sus tesis sobre la opresión nacional, aquí sólo podemos decir algunas palabras acerca de las relaciones entre los estudios etnológicos y la ayuda mutua en general, iniciados embrionariamente con sus reflexiones sobre el modo de producción asiático; reforzados desde la mitad de la década de 1860 cuando lee, relee y traduce las obras de Chernyshevski (1828-89) sobre la comuna campesina rusa --obshchina--; ampliados durante la década de 1870 sobre todo al final de sus días, desde que en 1879 lee los estudios de Kovalevski sobre la posesión comunitaria de la tierra, y que llegan a su máxima creatividad en el último período de su vida, en 1880-83, cuando en varias cartas y en la introducción de 1881 al Manifiesto Comunista expone claramente su teoría.
Si tuviéramos que resumir esta impresionante evolución teórica de Marx y Engels, cada vez más profunda y rica, pondríamos de entre las muchas disponibles, tres citas cronológicamente ordenadas. La primera hace referencia a las relaciones entre la expansión capitalista y la destrucción de culturas, naciones y pueblos enteros mediante el papel central del Estado burgués, y la encontramos en el volumen I de El Capital, captº XXIV sobre La llamada acumulación originaria en donde Marx, analiza cómo la burguesía se apropia de los bienes comunales precapitalistas y los define como bienes del pueblo, describe de esta forma sus consecuencias:
"Después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesino, mediante leyes grotescamente terroristas, a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema de trabajo asalariado"; e insiste no sólo en el papel clave del Estado burgués en esos crímenes sino en algo que se olvida siempre pero que es básico para entender el capitalismo: "En parte, estos métodos --los de la acumulación originaria-- se basan, como ocurre con el sistema colonial, en la más avasalladora de las fuerzas. Pero todos ellos se valen del poder del estado, de la fuerza concentrada y organizada de la sociedad, para acelerar a pasos agigantados el proceso de transformación del régimen feudal de producción en el régimen capitalista y acortar los intervalos. La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva. Es, por sí misma, una potencia económica".
Acumulación originaria, destrucción de los bienes comunales del pueblo, terrorismo y violencia del Estado burgués y contenido económico de la violencia, estos componentes vuelven a relacionarse en el capítulo XX del volumen III de El Capital sobre "Algunas consideraciones históricas sobre el capital comercial", y es nuestra segunda cita: "Los obstáculos que la solidez y la estructura interiores de los de los sistemas nacionales de producción precapitalista se oponen a la influencia disgregadora del comercio se revela de un modo palmario en el comercio de los ingleses con la India y con China. Aquí, la amplia base del régimen de producción la forma la unidad de la pequeña agricultura con la industria doméstica, a lo que en la India hay que añadir la forma de las comunidades rurales basadas en la propiedad comunal sobre la tierra, que por lo demás también en China constituía la forma primitiva".
Y aquí Marx hace especial insistencia en las bases materiales y societarias que pueden asentar la resistencia de los pueblos a la agresión capitalista, a saber, la pequeña agricultura, la industria doméstica y propiedad comunal sobre la tierra. Más aún, afirma que existen sistemas nacionales de producción precapitalista capaces de resistir a esas agresiones gracias a la solidez de sus estructuras interiores. ¿Dónde queda, visto lo visto, el orgulloso eurocentrismo que sostiene que sólo con el capitalismo y su "civilización" llegan a constituirse las naciones como tales? No podemos extendernos aquí en las consecuencias teóricas y políticas este y otros textos de Marx.
Precisamente, la tercera cita no hace sino confirmar que el materialismo histórico dispone de una teoría más profunda y dialéctica del llamado "problema nacional" que interrelaciona dialécticamente la estructura económica y las realidades etno-nacionales existentes. Nos referimos a la carta de Engels a W. Borgius del 25 de enero de 1994: "Además, entre las relaciones económicas se incluye también la base geográfica sobre la que aquellas se desarrollan y los vestigios efectivamente legados por anteriores fases económicas de desarrollo que se han mantenido en pie, muchas veces sólo por la tradición o la vis inertiae --la fuera de la inercia--, y también, naturalmente, el medio ambiente que rodea a esta forma de sociedad (...) Nosotros vemos en las condiciones económicas lo que condiciona en última instancia el desarrollo histórico. Pero la raza es, de suyo, un factor económico".
Estas tres citas nos muestran una visión global del proceso capitalista de destrucción de los sistemas nacionales de producción precapitalista, de sus tierras comunales que son los bienes del pueblo, de sus tradiciones; destrucción impulsada por la necesidad de la acumulación y que se asienta sobre la consciencia burguesa de que lo nacional --la "raza" en la terminología de finales del siglo XIX-- es, de suyo, un factor económico. La opresión nacional surge de aquí, del hecho de que es un factor económico que debidamente explotado produce un beneficio al opresor. Y esa explotación exige destruir las bases materiales y simbólicas del pueblo oprimido, desde sus formas de producción hasta sus bienes colectivos, sus comunales, su geografía y medio ambiente, sus tradiciones, su cultura, porque todas ellas son parte de sus relaciones económicas. Y destruir todo ese universo referencial y productivo exige la terrorista violencia del capital invasor, violencia que por ello mismo es una potencia económica.
Marx y Engels --del que es obligatorio releer sin gafas mecanicistas ni eurocéntricas su libro "Orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado", y todo lo concerniente al debate sobre el "modo de producción asiático" que adelanta muchos de los aspectos del debate sobre el "modo de produccion tributario", sobre el cual no podemos extendernos ahora-- han llegado a esta teoría mediante un sistemático estudio que L. Krader, autor "Los apuntes etnológicos de Karl Marx", resume así:
"El problema histórico de la comuna campesina en Rusia y sus relaciones sociales internas, tan sumamente vitales, le era familiar: en las cercanías de Tréveris, su patria chica, existía aún en su tiempo una comunidad así. La comunidad campesina se basaba en actividades colectivas, cuyo fin social no era en primera línea la acumulación de propiedad privada. Al contrario, lo característico de estas comunidades era la inmanente vinculación de moral social y ética comunal colectiva así como la indivisión entre ámbito privado y público. Según Marx, los pueblos eslavos y otros con un alto porcentaje de comunidades e instituciones campesinas no tenían necesariamente que atravesar el proceso del capitalismo. Esta tesis iba contra el fatalismo histórico y, en general, contra el historicismo y diversos determinismos históricos. Los estudios etnológicos de los años 1879-82 trataban de los Estados antiguos y de las comunidades y sociedades tribales tanto arcaicas como modernas. La categoría de Morgan "sociedad gentilicia" la entendía Marx como interpretación de una institución concreta, a la vez que, desde un punto de vista abstracto, como estudio del progreso evolutivo. De esta categoría, puesta en relación con las comunidades campesinas, tomó Marx el modelo de una sociedad que, en vez de concentrarse en el esfuerzo por adquirir riqueza personal y privada, desarrollara instituciones colectivas de propiedad."
Una preocupación básica en Marx fue la de contextualizar los límites objetivos y subjetivos a partir de los cuales sería imposible saltar de la comuna campesina y de la propiedad colectiva de la tierra a la democracia socialista y a la propiedad colectiva de las fuerzas productivas. Es decir, descubrir en la evolución social un "punto crítico de no retorno" a partir del cual esa comunidad campesina no podría ya eludir los terribles costos y sacrificios de la fase histórica capitalista. En este sentido, con respecto a Rusia, se su tesis básica es que el proceso se encontraba al borde un momento de no retorno, a partir de cual la comuna campesina ya no garantizaría por sí misma la posibilidad del salto directo al socialismo. La correspondencia con Vera Zasulich, con otros revolucionarios rusos y la Presentación a la segunda edición rusa del Manifiesto Comunista, son concluyentes al respecto.
El 8 de marzo de 1881 responde a V. Zasulich: "El análisis de El Capital, por tanto, no aporta razones ni en pro ni en contra de la vitalidad de la comuna rusa. Sin embargo, el estudio especial que he hecho sobre ella, que incluye una búsqueda de material original, me ha convencido de que la comuna es el punto de apoyo para la regeneración social de Rusia. Pero, para que pueda funcionar como tal, las influencias dañinas que le asaltan por todos lados deber ser primero eliminadas y luego se le deben garantizar las condiciones normales para su desarrollo espontáneo.". Como veremos en su momento, una de las "condiciones normales para su desarrollo espontáneo" será, para los bolcheviques, el cooperativismo socialista.
Y, por no extendernos, el 21 de enero de 1882, en la Presentación a la segunda edición rusa del Manifiesto:
"El Manifiesto Comunista anuncia la inevitable cercanía de la disolución de la propiedad burguesa moderna. En Rusia, sin embargo, nos encontramos con que el timo capitalista del rápido florecimiento y la recientemente desarrollada propiedad burguesa de la tierra se enfrenta con la propiedad comunal campesina de la mayor parte de las tierras. Esto plantea la pregunta: ¿Puede la obshchina rusa, forma, aunque muy erosionada, de la primitiva propiedad comunal de la tierra, pasar directamente a la forma superior, comunista, de propiedad comunal? ¿O bien debe pasar primero por el mismo proceso de disolución que caracteriza el desarrollo histórico de Occidente? Hoy existe una sola respuesta. Si la revolución rusa se convierte en una señal para la revolución proletaria en Occidente, de tal modo que una complemente a la otra, entonces la propiedad campesina común de la tierra podrá servir como punto de partida para un desarrollo comunista".
Poco más de tres años después, en la carta del 23 de abril de 1885, Engels le contesta a Zasulich que: "Para mí, lo más importante es que en Rusia tendría que darse el impulso para que estalle la revolución. Sea esta o aquella fracción la que de la señal, ocurra bajo esta o aquella bandera, poco me preocupa. Si fuese una conspiración palaciega seria barrida al día siguiente. Allí donde la situación es tan tirante, donde los elementos revolucionarios se han acumulado en grado tal, donde la situación económica de la enorme mayoría de la población se hace cada día más imposible, donde figuran todas las etapas del desarrollo social, desde la comuna primitiva hasta la industria moderna, en gran escala y las altas finanzas, donde estas contradicciones son violentamente mantenidas juntas por un despotismo sin precedentes, despotismo que se vuelve cada vez mas insoportable para la juventud en que se unen el valor y la inteligencia nacionales: allí, una vez arrojado un 1789, no tardara en seguirle un 1793".
Vemos aquí como Engels interrelaciona los diversos factores de crisis y muestra la totalidad del proceso, insertando en ella la pervivencia de la comuna primitiva y la importancia del valor y la inteligencia nacionales. Lo más significativo de esta cita es que responde a una preocupación presente en Engels hasta el final de su vida y que no podemos exponer aquí. Mas todavía, dicha preocupación era compartida por buena parte de los revolucionarios de su época que le preguntaban en su correspondencia sobre sus opiniones al respecto. Como veremos mas adelante, esta misma inquietud se agudizo con el proceso revolucionario iniciado en 1917 y pese a los esfuerzos en su contra del stalinismo, fue retomada por otros marxistas hasta el presente, justo inciado el siglo XXI. Ahora bien, ¿cuál fue entonces el llamado "veredicto de la historia"?
La respuesta nos la ofrece Dussel en su imprescindible texto: "El último Marx (1863-1882) y la liberación de Latino América", cuando tras analizar la evolución creativa de Marx al respecto desde 1863, aunque con claros indicios anteriores, afirma que: "La discusión de los revolucionarios rusos ayudó a Marx a clarificar un asunto central: los sistemas económicos históricos no siguen una sucesión lineal en todas partes mundo. Europa Occidental, y de manera clásica Inglaterra, no son la "anticipación" del proceso por el cual han de pasar obligatoriamente todas las sociedades "atrasadas" (...) Lo cierto es que Rusia siguió el camino previsto por Marx. Sin agotar el "pasaje" por el capitalismo, realizó su revolución permitiendo que la "comuna rural rusa" pasara, en gran medida, directamente de la propiedad comunal a la propiedad social del socialismo real, desde la revolución de 1917".
Tanto las reflexiones sobre el cooperativismo en el capitalismo europeo como sobre la comuna campesina en Rusia, están unidas por una lógica interna que recorre toda la obra de Marx y Engels de principio a fin. Es la lógica de la superación histórica del valor de cambio, de la mercantilización y de la explotación burguesa de la fuerza de trabajo social para construir una sociedad humana que haya recuperado el valor de uso, el placer creativo del trabajo concreto individual dentro de la propiedad colectiva y la reunificación del trabajo intelectual con el manual, todo ello a un nivel cualitativamente superior al alcanzado por las comunas y su propiedad colectiva de la tierra. En este tránsito de lo antiguo al futuro, es de decisiva importancia la subjetividad conscientemente revolucionada autoorganizada y autogestionada. Marx y Engels recurren a muchas expresiones para expresar dicho requisito y a la vez capacidad: "fuerza colectiva de trabajo", "trabajador colectivo", "trabajadores asociados", etc.
Y en este proceso la dialéctica entre el cooperativismo desde la perspectiva marxista y las capacidades comunales y colectivas de los trabajadores se expresa en el proceso de desalienación y superación histórica del sistema dictatorial del salariado. Precisamente este es el insondable abismo que separa los dos irreconciliables polos del cooperativismo: uno el que camina hacia la superación de la explotación y otro el que, por activa y directamente --cuando explota a trabajadores no cooperativas--, o por pasiva e indirectamente --cuando se beneficia de la división internacional en la explotación del trabajo-- refuerza el sistema del salariado.
2.2. COOPERATIVISMO REFORMISTA.
Desde esta perspectiva, no es en modo alguno casual el que las corrientes reformistas potenciaran un cooperativismo interclasista justificado desde teorías que cuestionaban la base del marxismo. León Walras (1834-1910), por ejemplo, uno de los padres de la "contrarrevolución marginalista" del último tercio del siglo XIX de la que más tarde renacería el actual neoliberalismo, fuera a la vez defensor a ultranza de la "economía social" --escribió un libro con este título en 1896-- en la que se establecía una compleja alianza interclasista mediante la acción de colectivos de ayuda, de cooperativismo integrador, etc.
La influencia de Walras y su crítica de la vital teoría marxista de la ley del valor-trabajo, piedra basal de la teoría de la plusvalía y de la explotación, fue enorme en Beatrice Webb y su libro "El movimiento cooperativo en Gran Bretaña" de 1891, en el que se defendía el cooperativismo integrador aunque con ribetes progresistas. Recordemos que, como hemos dicho arriba, el crecimiento del cooperativismo se ralentizó durante la larga crisis de 1872-93, para reiniciarse otra vez con la recuperación a una escala más amplia, impulsando en 1895 la creación de la "Alianza Cooperativa Internacional" (ACI), que dictó una especie de bases programáticas.
Considerando semejante vaivén del cooperativismo al son del vaivén objetivo de las contradicciones socioeconómicas, es muy comprensible que en el contexto de finales del siglo XIX no sólo fuera normal sino también lógico e inevitable que el movimiento obrero generase sus propios instrumentos, sobre todo allí en donde era fuerte, como en Gran Bretaña, en donde a finales del siglo XIX había 2.000 cooperativas de consumo con 1.700.000 de afiliados. Además, en el contexto británico de lucha de clases, esta masa ascendente ayudaba con sumas considerables a sus hermanos trabajadores no cooperativos. Así, en 1893, las cooperativas ayudaron con alrededor de 35.000 libras esterlinas a los centros culturales obreros, y a muchas huelgas de trabajadores.
Semejante caldo de cultivo provocaba a su vez una áspera confrontación teórico-política sobre el cooperativismo y, en general, los sistemas de centralidad y autoorganización de la clase trabajadora. La Iglesia católica, por ejemplo, era muy consciente de la urgencia de intervenir en ese problema y en 1891 León XIII expresó en "Rerum novarum" las nuevas directrices sociales de Roma, con especial insistencia en el cooperativismo interclasista. Otro tanto podríamos decir de diferentes "socialismos cristianos" que se aferraban a una mezcla de socialismo utópico y denuncia evangélica. Pero, además del anarquismo y sus familias, los grandes choques se libraron entre el minoritario marxismo y el mayoritario bloque reformista.
Bernstein tuvo un papel clave en sintetizar en una unidad teórica coherente la amplia gama de teorías reformistas parciales. En el tema del cooperativismo y de la "economía social" Bernstein terminó asumiendo las concepciones del reformismo fabiano británico, tan influido por Walras y la teoría de la utilidad marginal --opuesto burgués a la teoría marxista del valor-trabajo-- de modo que en su Epílogo de 1895 a la edición alemana de "Historia de las Trade Unions" del matrimonio Webb aparecía ya la base fuerte de lo que sería luego la tesis reformista sobre los instrumentos legales de mejora social.
Semejante evolución se inscribía en el aumento de las contradicciones internas en la socialdemocracia por las presiones y problemas surgidos por el tránsito de la fase colonial del capitalismo a su fase imperialista.
El debate sobre el cooperativismo no podía aislarse de ese cambio objetivo y subjetivo, como se comprobó en el Congreso de Hannover de 1899 en el que se formaron dos tesis opuestas sobre el tema que tratamos: una la de los seguidores de Marx y Engels, y otra la pequeño burguesa y apoliticista de los seguidores de Krüger y Schulze-Delitzsch.
Así, la publicación por Kautsky de "El problema agrario", con su insistencia en las ventajas de la gran producción colectiva y comunal sobre la capitalista, con su análisis del owenismo, etc., agudizó el debate a comienzos del siglo XX en el que reaparecieron los problemas ya enunciados por Marx veinte años antes. Lenin en "El capitalismo en la agricultura", de 1900, criticó a Bulgákov por su visión pequeño burguesa del asociacionismo e insistía, con Kautsky, en la necesidad del factor consciente, de la formación política y teórica para asegurar la viabilidad de cualquier asociacionismo ante el avance de la producción capitalista en el campo con sus efectos devastadores.
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